Un día en la vida de un recolector de café
El sol aún no se asoma por la cordillera central de Colombia, pero en la Hacienda del Café, en el corazón de Pereira, Risaralda, la jornada ya ha comenzado. Son las 4:30 de la mañana. Mientras la niebla matutina abraza los cafetales y el canto de las mirlas empieza a romper el silencio, un grupo de hombres y mujeres se prepara para una de las labores más nobles, exigentes y vitales del mundo de los cafés especiales: la recolección.
Detrás de esa taza perfecta que te tomas cada mañana, con sus notas dulces y su aroma inconfundible a Paisaje Cultural Cafetero, hay un héroe de carne y hueso. Hoy queremos invitarte a caminar entre los surcos y vivir, paso a paso, un día en las alpargatas de un recolector de café.
El amanecer: Preparación y el primer “cafecito”
La jornada no puede empezar de otra manera: con un buen “tinto” caliente, preparado con el mismo grano que ellos mismos cuidan. Es el combustible para el cuerpo y el alma.
Antes de salir al lote asignado, cada recolector se alista con su armadura de trabajo:
Pantalones gruesos y camisas de manga larga: Para protegerse de las ramas, los insectos y el rocío de la mañana.
Botas de caucho: Indispensables para mantener el paso firme en las laderas empinadas de nuestra geografía risaraldense.
El sombrero paruma o gorra: El escudo contra el implacable sol del mediodía.
El canasto o "coco": El compañero inseparable. Un recipiente de plástico o fibra que se ata a la cintura y donde se depositará el tesoro rojo.
La montaña: El arte de la selección manual
A las 6:00 a.m., los recolectores ya están distribuidos en las laderas de la Hacienda del Café. Aquí no entran máquinas; el terreno escarpado y nuestro compromiso con la alta calidad exigen que todo se haga a mano.
La recolección es un arte que combina velocidad y precisión. El ojo del recolector está increíblemente entrenado. Mientras sus manos se mueven a una velocidad asombrosa entre las ramas, realizan una selección minuciosa: solo se recolectan los frutos que están en su punto óptimo de maduración (los “cerezos” de un rojo intenso o amarillos, según la variedad). Los granos verdes se dejan en la rama para la próxima vuelta, y los sobremaduros se separan.
"No es solo arrancar granos; es saber elegir. Si echas un grano verde al canasto, dañas el sabor de todo el lote", nos dice uno de nuestros recolectores más experimentados, con las manos curtidas por el oficio.
El esfuerzo físico es monumental. Caminar de arriba a abajo por pendientes de hasta 45 grados, cargando un canasto que se va llenando y sumando peso a la cintura, requiere una resistencia física envidiable y un amor profundo por la tierra.
El mediodía: Almuerzo con sabor a campo
Hacia el mediodía, el calor de Pereira empieza a sentirse con fuerza. Es el momento del “fiambre” o el almuerzo, un espacio de descanso sagrado. Los recolectores se reúnen bajo la sombra de un árbol de guamo o un platanal a compartir los alimentos que traen en sus portacomidas.
Arroz, frijoles, carne molida, tajadas de plátano y una buena porción de aguacate son el menú habitual, casi siempre acompañado de agua de panela fría con limón. Más allá de recuperar energías, es un momento de risas, de contar anécdotas, de hablar de la familia y de fortalecer los lazos de esta comunidad cafetera.
La tarde: La pesada y el veredicto final
A las 4:00 p.m., la recolección en el campo termina, pero el día aún guarda su momento más emocionante: la pesada en el beneficiadero.
Los recolectores bajan de los lotes cargando sus costales llenos. Uno a uno, se acercan a la báscula de la hacienda. El ambiente es una mezcla de expectativa y camaradería. El administrador pesa cada costal y anota los kilos en el libro. Este número definirá el sustento diario del recolector, ya que se les paga por kilo cosechado.
En la Hacienda del Café, este momento también es un control de calidad. Se revisa visualmente que el café esté “limpio” (sin hojas, ramas o exceso de granos pintones). Un recolector orgulloso de su trabajo siempre entrega un café impecable.
El descanso del guerrero
Cuando el sol empieza a ocultarse tras las montañas del Eje Cafetero, los recolectores regresan a sus hogares o a los cuarteles de la finca. Es hora de un baño, una cena caliente y un descanso merecido. Sus manos quedan tinturadas por la savia del cafeto y sus espaldas cansadas, pero queda la satisfacción del deber cumplido.
Al día siguiente, la rutina se repetirá con la misma pasión.
Un homenaje desde la Hacienda del Café
La próxima vez que visites la Hacienda del Café en Pereira, camines por nuestros senderos o disfrutes de una taza de nuestro café de especialidad, recuerda este viaje. Cada nota aromática, cada toque de acidez y dulzura de nuestra bebida es el resultado directo del sudor, la dedicación y el conocimiento ancestral de nuestros recolectores.
Ellos no solo recogen café; cosechan el orgullo de toda una nación. ¡Gracias a las manos que hacen posible la magia del café colombiano!
Post a Comment
Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.